CINEANDO EN LA URBE

TANTO AMOR SUELTO

POR: SAÚL ROSAS

 

"Después de 30 años de investigación, no he podido encontrar la respuesta a la gran pregunta: ¿qué quieren las mujeres?" Sigmund Freud

- La verdad es que ya no hay hombres- me dijo Anita así, a lo pelón.

Detuve un poco mi pensamiento y reflexioné sobre aquella frase mientras ella conducía su auto compacto rumbo a la ciudad de México.

- Lo que pasa- le dije muy seguro- es que si hay y muchos...

- Pero todos son unos gañanes que solamente quieren irse al bulto.

Sonreí porque sabía que llegaríamos a una discusión eterna acerca de las relaciones hombre-mujer, de esas, que no acaban nunca porque ambos bandos tienen la razón.

El meollo fue que minutos antes me venía comentando que la mayoría de sus amigas cuyas edades fluctúan entre los 22 y los 32 años están solteritas, solteritas y es más, sin galán en puerta.

Yo ataqué con el viejo argumento de que las mujeres exigen demasiado hoy en día de un hombre como para poder comenzar una relación que se torne, con los días y los meses en duradera.

Ella insistió:

-Es que los hombres ya no quieren comprometerse. Para ustedes todo es fácil, sólo buscan relaciones efímeras llenas de pasión. No están dispuestos a nada.

Sonreí de nuevo ante la embestida femenina y argumenté que ellas siempre piden demasiado a niveles físicos y emocionales, piden que seamos comprensivos, atentos, cariñosos, educados, preparados, de buenos modales, etc. Pero, dije tajante, ¿Qué están dispuestas a ofrecer para que uno caiga redondito en sus redes? Y no hablo del aspecto físico.

Se hizo el silencio. Pues sí, pero ante un gañán qué quieres, me respondió, obviamente nadie va a confiar en un hombre que lo primero que deja ver son sus negras intenciones.

¡Carajo!

Habíamos llegado al punto sin retorno y entonces comenté que las mujeres siempre preocupadas por lo que pueden obtener no se sientan a pensar un poco en que hombres solteros también hay muchos y que andan buscando ya apaciguar las aguas, seguir su curso normal y establecerse. Pero no, los estigmas sociales están a la orden del día y no nos permiten, a ambos sexos, seguir la línea de la vida por las ideas que nos podemos formar del otro.

Es hora de que ellas piensen que también el hombre necesita de esos pequeños detalles, de esos compromisos aparentemente sencillos y que son parte de lo que puede llegar a convertirse en algo más profundo.

¿Por qué entonces debemos seguir con los roles socialmente establecidos si tanto a hombres como mujeres en el rango de edad que hemos mencionado les pasa lo mismo? y ¿Qué es lo mismo?

La maldita soledad. La añoranza, el anhelo de estar con alguien para conversar, para compartir, para escuchar y ser escuchado, para tener sexo como Dios manda o no tenerlo, simplemente para sentirnos acompañados.

Hemos dejado de lado la comprensión del otro por el egoísmo recalcitrante que nos da la vida moderna. Hemos dejado un poco el sacrificio por lo que yo quiero tener y no estoy dispuesto a dar.

Alguna vez, cuando en mis años mozos se me dificultaba entablar una conversación con una mujer, fue precisamente una fémina la que me dio la luz:

- A las mujeres háblales de lo que sea, y no porque seamos tontas sino porque nos gusta conversar de esas cosas tan sencillas de la vida, y una vez que has despertado el interés en el ámbito mundano entonces sabrás que la profundidad de pensamiento y emoción existen y están ahí para tomarlos, para disfrutarlos, para hacerlos tuyos en cada momento que disfrutas con alguien del sexo opuesto.

Seguí el consejo y la vida me cambió por completo. Entendí el papel de la comunicación emocional más allá de las formas, entendí lo importante que puede ser para el mundo femenino la sencillez de las palabras, las ideas locas de la vida que nos hacen sonreír.

Pero también entendí que la profundidad de emociones nos pueden llegar a lastimar y a herir por mucho tiempo y sumirnos en esa soledad. Y ya por esos caminos el proceso emocional va para adelante porque de la comprensión del otro, está el salir de nuevo a arriesgar lo mejor de nosotros mismos, claro con el pinche temor a que nos vuelvan a lastimar, pero...llegará ese momento en que ese dolorcillo emocional se vuelva una añoranza continua. Llegará la hora en que el desasosiego del vacío se vuelva una necesidad que debemos llenar no con el trabajo, ni la escuela ni mucho menos con la familia, sino con ese ser que nos hace pensar y sentir más allá de lo cotidiano.

Es cuando nos damos cuenta que estamos probablemente enamorados y que estamos dispuestos a enfrentar cualquier cosa al lado de ese alguien, quizá no bello por fuera, pero si valioso para nuestro interior y que, además, esa persona piensa lo mismo de nosotros.

Es difícil emprender el camino, es difícil llegar a entender las cosas porque estamos llenos de miedos, de angustias, de la pinche incertidumbre del futuro.

Pues vamos el fututo no existe porque es el aquí y el ahora lo que voy forjando y más cuando de sentimientos se trata.

La soledad nos abraza con su manto seductor y no nos suelta porque nos vuelve egoístas y nos hace sentir protegidos, pero ¿qué más da desprotegernos un poco si de esa destapada voy sentirme pleno?

Y eso… eso es vivir...sin esperar, eso es dejar los ideales a un lado porque muchas veces esos ideales están más allá de lo que es sencillamente real.

Anita siguió conduciendo su auto ante el silencio que provocaron las ideas. Me bajé del auto y me despedí agradeciendo el aventón y las palabras.

Luego comencé a recordar aquellos años de soledad inmisericorde, de reflexión y autoflagelación sin piedad. Recordé cuanto somos capaces de hacernos daño a nosotros mismos porque no nos valoramos y menos queremos valorar a los demás.

Llegué a casa y emprendí el vuelo a las palabras pensando en las amigas de Anita y en muchos de mis amigos que viven esa realidad que a veces asusta.

A ellas, que las conozco y a ellos que no pelan van estas palabras desde la soledad y desde el recuerdo que no siempre es agradable porque a veces cuando evocas miradas, palabras, besos, caricias furtivas solo aciertas a callar y esbozar una pequeña sonrisa mientras, traviesa, una lágrima se asoma en los ojos para decirte que aún estas vivo.

 

 

 

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